¡Amante!
Cada verano me sorprendía la abuela cuando al llegar al pueblo se dirigía con este término para saludarnos.
¡Amante!
La abuela que no tendría setenta años parecía ser mucho mayor; el luto eterno, el moño matutino, el pelo blanco, el delantal con topos de alivio. Trabajo permanente, mucho silencio, algún paseo supongo, muy invisible, buscando con el soplido con la caña las ascuas escondidas bajo la ceniza toda la noche, ¡que no es fácil ni barato conseguir cerillas!, recogiendo la cocina, cenizas incluidas, por la noche cuando nos acostábamos en la cámara.
¡Ya está con la letanía!
Cuando el abuelo enfadado iniciaba el repaso del santoral empezando por Dios, su madre y demás, tras algún respingo de la mula, gallega por nombre u origen, no lo sé, cuando cruzaba el portal hacia la cuadra asustando a los nietos.
¡Este hombre!
Las patatas fritas en la lumbre de suelo, la escoba de retama barriendo hasta que relucían los pedernales incrustrados en el cemento del portal, tras esparcir unas gotas de agua con la mano. El balde al sol para lavar luego; solar térmica, diríamos ahora, y aprovechamiento energético y de recursos naturales.
Los rosarios y letanías, ¡ora pro nobis!, ¿encuentro con las amigas?¿salir de casa?¿conversación?
¡Una clueca! ¡busca huevos fuera de los nidales! ¡en los huecos de la leña!, Ocho, diez huevos de una vez, ¡fiesta!
Poco más, pocos recuerdos de un mes cada año, ¿el más feliz para ella?
¡Ay, amante, sé bueno!
Y como ibais hasta Balbacil? En autobus, os llevaban en coche? Teniais coche?
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