Tarde de domingo. Más lluvia. Para Elisa y la Danza Húngara en esta maravilla trufada de anuncios pero gratis que es la música vía internert. Ideal para recordar, animado por los recuerdos de un amigo en torno a su río de la infancia.
Allí no había río sino una charca, ya sabéis. Y alguna vez un erizo, ¡qué mezcla de ternura y pinchos!
La charca con sus ranas era muchas veces centro de atención. La caña con un alfiler como anzuelo y un trapo rojo para tapar el pincho. Mucho silencio y aproximación lenta. El trapo rojo como si fuera coso taurino llamaba la atención de la rana y ¡zas! tirón y tras ella fuera del agua. Coge de las ancas y golpe en la cabeza. Luego, separadas las ancas y sin piel, la madre las freía. "Traelas limpias que, si no, no puedo verlas" Nunca comprendí cómo toda la niñez en el pueblo y les seguía teniendo miedo/asco. Quizá la niñez fue muy corta; seguro que con menos juego que la mía.
Alijos de metales (herraduras, llaves, cerraduras viejas, clavos,...) que cambiábamos por caramelos o alguna moneda -perrillas, decíamos- al Valenciano u otro vendedor ocasional que venía por las fiestas, el Caíno. Por cierto hay una descripción perfecta del personaje en la novela "La Gaznápira" que describe buena parte de la vida en la comarca de Molina, en el Alto Tajo.
Las fiestas del verano, San Roque y La Virgen, mezcla de meriendas, juegos, bailes de los mayores, carreras de los muchachos entre las parejas en el baile de la "casa lugar", alguna misa, restregón importante de rodillas para ir misa y a la procesión, ¡los zapatos! en aquellas calles de tierra, piedras, cardos y paja.
Los juegos del verano en la noches en las eras al final de la jornada de trilla, las talegas con el grano (¡tesoro que permitía el trueque!) al hombro con ligereza despertando la admiración de los chicos a la fuerza de los mozos. Nietos demasiados jóvenes, hijos en las cadenas de las fábricas de Madrid, "luego vienen los hijos del Mauricio que están de permiso".
Había permisos, no vacaciones. Para los escolares sí, pero para los de la ciudad. Los del pueblo tenían ocupaciones, al menos por la mañana a acarrear. No lo aceptaríamos ahora en España, niños de ocho o nueve años llevando el ramal de una mula dos o tres kilómetros desde el piazo (¿pedazo?) a la era cargada de los haces de gavillas de cereal segadas por su padre, madre, hermanos o hermanas mayores; pero pasa en muchos sitios ahora.
Vacaciones de escolares con ¡todo aprobado! "El Carmelo, ¡que sabe francés!, le dará clases a tu hermano este verano".
Luego, ya sabéis, el autobús de vuelta, el barrio, el colegio, las cartas a los abuelos, y a esperar el verano próximo para hacer de nuevo el viaje.
¡El emocinante viaje de ese año!
Muy bueno, Enrique. Hacer memoria, que lo que es hacer memorias ya hemos hecho muchas. Y con la memoria -sin nostalgia, que ya sabes que me gusta decir que la única que nos está permitida es la nostalgia de futuro-, la identidad, lo que somos, lo que nos ha hecho ser así como somos.
ResponderEliminarY qué bien que hayamos leído 'La Gaznápira'. Novela magnífica. Con su autor tuve algún trato, por mandato del Presi (cuando aún no lo era) por lo del edificio Palafox, de Cuenca.
Y yo que habia escuchado una historia de las ranas con escopeta de perdigones...
ResponderEliminarLo de los perdigones es muy posterior
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