Me exaspera el discurso académico que pone en la eficiencia la única referencia de valor para cualquier tipo de actuaciones políticas, económicas u organizativas. Todo aquello que no es eficiente, o sea, cuenta de resultados positiva, debe ser corregido y, además, sólo hay una vía de correción: la gestión privada. La gestión privada con una retahila de noes: no tiene vicios, no tiene ineficacias, no tiene servidumbres, y, además, ¿qué más le da al ciudadano quien le preste el servicio correspondiente, la administración o una empresa contratada por la administración, eso sí, si es eficente.
Me exaspera también la actitud de parte de algunos responsables de la administración que consideran, no sé cómo decirlo, ¿que yo pacto lo que sea pero no quiero líos? ¿que el presupuesto no es mi problema? ¿que esto ya estaba así y no soy yo quien se va a meter a gobernarlo? Y también de un tipo de trabajadores que un día accedieron a la función pública, funcionarios o laborales, en concurso o en oposición, y eso ya se transforma en algo así como, si yo ya vengo casi todos los días al trabajo ¿qué más quieren?. Todos ellos dan cancha y argumentos a los defensores de la eficiencia como único valor de referencia.
Los académicos de la eficencia aplican este filtro a todos los servicios públicos, pero especialmente a la sanidad. Es el estandarte. Múltiples argumentos: ¡has visto cómo ha crecido el número de pólizas en en los seguros privados!¡ahí están los mejores médicos!¡cada vez se deriva más atención desde la pública a la privada, por algo será! y así...; eso sí, desde el discurso académico, desde la ciencia, desde la cátedra, sin descalificar, con elegancia, advirtiendo sobre los demagogos (RAE; demagogia: degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder), sobre los advenedizos, sin mostrar posición política, ¡cuidado con la ideología, te puede confundir!
Está claro que ante la salud perdemos toda capacidad de discernimiento y por eso es un campo abonado para sembrar todo tipo, ahora sí, de demagogias. Manejar el miedo en el entorno personal siempre ha sido eficiente : ¡la mejor atención para tí y tus hijos! ¡esto es así en los EEUU, lo más avanzado!
¡¡¡Pero me he convencido!!! ¡¡¡Hay que hacer la sanidad y los demás servicios públicos (educativos, de transporte, asistenciales, de seguridad...) eficientes!!! Eso sí, vamos a ponernos de acuerdo sobre qué ponemos en el polinomio de la eficiencia; vamos a ponermos de acuerdo sobre todas las variables -no sólo el coste- y sus coeficientes, y ¡sobre todo! qué valor le damos a la constante solidaridad. Solidaridad y eficiencia no pueden estar enfrentadas; es más, pienso que sólo cuando funciona la solidaridad puede hablarse de eficiencia.
Bueno, para esto da una sobremesa de día de año nuevo.
Sed, si queréis, solidarios y eficientes en 2010.
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