Y de un amarillo intenso y brillante. Quizá sea un localismo, textos documentados se refieren a esta planta conocida por sus pinchos y su fácil arder como aulagas, pero en Balbacil nos entendemos.
También el verde era brillante, quizá fruto de la lluvia, con el brillo del cereal no el del girasol naciente -este año toca trigo, no pipas.
Y el cielo, cuando se dejaba ver, azul sin filtros de gases de ciudad.
Las nubes blancas y negras, blancas como las flores de los endrinos, algunos con tamaño de árbol, y negras como la noche desde la Soledad en una semana santa sin luna por la borrasca.
Y dos florecillas intensamente rojas, nuevas para mí en la biodiversidad balbacileña, y otras moradas, y el verde pálido de los brotes de los quejigos que invaden el sabinar de verde oscuro perenne, y el verde con manchas de las ranas sobresaltadas que saltan a nuestro paso, y el verde húmedo del musgo y el de las siemprevivas que componen los paisajes en miniatura importados del Japón, feng lui les dicen.
Y también gris, de la lluvia y de la ceniza, y blanco y azulgrana del segundo de los cuatro, y más blanco y negro del perro apasionado y rendido a los encantos de la morena, como decía la abuela Pepita.
Y capuchones azules y verdes y los claveles rosas de una virgen envuelta en plástico transparente sujeto con cinta marrón; el negro de las morcillas, el rojo de los chorizos, el rosa de las longanizas en perfecta mezcla con el negro, el rojo y el gris de las ascuas.
Han faltado los cielos rosas y naranjas de las puestas de sol. Esperaremos al verano.
Una prosa muy lírica. Podría titularse “colores”. Has disfrutado de todo menos de sol, por lo que leo.
ResponderEliminarCreo (no estoy muy segura, pero casi) que las aliagas son aquella genista que cantara Serrat en su preciosa canción “Mediterráneo”: “Le daré verde a los pinos y amarillo a la genista”.
Y mañana a trabajar…. Un saludo