Sólo nos habíamos fijado en las temperaturas: excelentes, diez grados menos en las máximas; edredón para dormir, como en agosto. Pero ¿y el aire?, bueno, ¿el viento? También el de siempre, el que aquí llaman jornalero, que empieza con el amanecer y termina con la puesta; pero anoche aún seguía, ¿será la crisis que también alarga las jornadas, aunque reduzca los jornales?
El viento es intenso pero no frío, se aguanta la camiseta; ese viento que se oye casi de continuo y que cuando para un momento permite disfrutar de un silencio apenas roto por el piar de algún gorrión o, en la noche, el croar de alguna rana.
Viento del Suroeste que agita las acacias y mece con fuerza los aún verdes campos de cereal más protegidos y que transforma en un agitado mar verde los más expuestos de la ladera del Cerro. Un oleaje, un movimiento continuo que contrasta, dura y felizmente, con la quietud propia del verano y sus barbechos. Mares a cientos de kilómetros del mar y a muchos metros de altitud, moteados de amapolas y algún matiz amarillento en un inicio de mes de junio, mares que permiten imaginar otros territorios más amables. Arrecia el viento y los campos dan la imagen de una carrera en una pista de césped sin fin y sin destino.
Tierra inhóspita en la que cuando la temperatura la haría amable, el viento te vuelve a la realidad. Tierra próxima a la que el admirado aragonés describió como polvo, niebla, viento y sol, y que explica bien por qué ahora sólo es refugio de fin de semana de gentes que hoy son de capital y que fueron, ellos o sus antepasados recientes, luchadores y sobrevivientes en zonas olvidadas.
¡Suerte! quienes podemos sentir la naturaleza en este territorio batido hoy por ese viento jornalero, imaginar el mar de otro color desde tan lejos, asistir a las carreras en la ladera de cereal y distinguir al gorrión o a la rana durante el breve descanso entre ruidosas ráfagas del todavía cálido viento del Suroeste.
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